Siempre quise vivir en las alturas y lejos de Barcelona. Desvelado reflexiono sobre el año que iba a consolidarme profesionalmente y personalmente en Tíbet; pero que ha acabado con los tres meses más intensos de mi vida y que han dejado todo paralizado en segundo plano.

Desde pequeño he tenido el deseo irrefrenable de luchar por dormir en la litera de arriba; pedirle a mi padre que –una vez más– me llevara al Tibidabo; trepar y jugar en las cabañas que mis hermanos mayores habían construido en los árboles a orillas del río Segre; saltar de azotea en azotea a escondidas para conseguir las mejores vistas de mi querido Turó Park; regresar a los Alpes en los que mis padres me obligaron a esquiar de muy niño; soñar con alcanzar grandes cimas que progresivamente crecían en altitud en paralelo con mi edad; sentir esas dosis fugaces de adrenalina con la práctica del descenso de barrancos; y fantasear con despertarme cada día en un ático con las vistas de esos rascacielos cuyos ascensores taponaban mis oídos durante los viajes en familia.

Inconscientemente, esa atracción por las alturas me fueron llevando lentamente a una vida nómada. Primero abandonando Barcelona por la Cerdaña como base desde la que planear mis aventuras en China y Tíbet. Para acabar después a los pies del Himalaya en la bulliciosa Katmandú y finalmente en Lhasa, capital del Tíbet.

Ya me lo decían: conozco mejor el Himalaya que mi propia tierra. No hace muchos años que un amigo se sorprendió de que no hubiera puesto un pie en Montserrat y, en cambio, cada año visitaba el Campo Base del Everest y otras míticas montañas del alpinismo. Mi padre siempre me decía que aprovechase mi joventud y que siempre tendría tiempo de conocer España. Llegados a este punto lo veo tan lejano que encuentro más factible recorrer la Ruta de la Seda o adentrarme en el glaciar Baltoro y las estribaciones del Karakórum. Quizá sea simple motivación, no lo sé. Las junglas de cristal no me parecen tan atractivas.

Han sido 10 años de proceso vital realmente intensificado durante los últimos 4: desde esa ilusión inicial de explorar rincones remotos y convertirme en empresario, junto con la honda huella del debastador terremoto que hizo temblar a Nepal y parte de Tíbet, a mi enlace –ya oficial y perpetuo– con la cultura tibetana.

Chengdú es una de las mayores capitales de China. Una gran megaurbe con más de 16 millones de habitantes e infinitos rascacielos entre mastodónticas avenidas de asfalto y hormigón.

Durante todo este tiempo Chengdú había sido simplemente mi ciudad de escala entre Barcelona, Beijing, Yangshuo y Lhasa. Mi puerta de entrada al Tíbet desde la China Continental –inmediatamente sustituida por Katmandú una vez pisé suelo nepalí–.

Cada vez que llegaba a mi habitación en el hotel del mismísimo aeropuerto, entre vuelo y vuelo, revisaba las guías turísticas por si me estaba perdiendo algo. Lo que leía confirmaba mi preferencia por disfrutar de unas efímeras comodidades que no iba a encontrar en Tíbet.

Irónicamente, una vez conseguida la residencia en el mismo corazón del Tíbet y cuando ya me veía asentado, he acabado aquí: a 400 metros sobre el nivel del mar, en el piso 30 de un rascacielos de esa ciudad a la que nunca decidí darle una oportunidad.

Ahora, tengamos que vivir aquí, en Lhasa, o donde el destino nos conduzca, cada vez que aterrice en este aeropuerto, siempre recordaré el día en el que mamá te trajo a este mundo. Quizá en unos años lo exploremos juntos y, además, aflore ese gusanillo por descubrir juntos nuestros orígenes.

Bendito regalo, Chengdu. ¡Gracias!

¡Suscríbete a la lista de correo!
Recibe todas las novedades directamente en tu e-mail